La adolescencia se caracteriza por una época de profundos cambios vitales encaminados a la búsqueda de su propia identidad. Como en toda crisis, hay conflictos, cambios y pérdidas para elaborar. Estas pérdidas están relacionadas con el paso del mundo infantil al mundo adulto.
Concretamente destacan tres: la primera se vive con la irrupción incontrolada de un nuevo esquema corporal debido a los cambios hormonales (crecimiento de los órganos sexuales, aumento de la cantidad de pelo en el cuerpo, la menarquía, cambios en la voz, etc.).La segunda, es la pérdida del rol infantil. El adolescente se ve obligado a renunciar a la dependencia de los padres y comenzar a asumir responsabilidades delante del exigente mundo externo. Por último, la vivencia de la pérdida de los padres de la infancia. Los padres que eran el referente, la seguridad, los responsables absolutos, habrán de ser bajados de su pedestal dejando de ser vividos como aquellas persones casi perfectas para convertirse en seres humanos normales con algunas virtudes y muchos defectos que ya no tienen respuesta para todo y que no los entienden.
Todas estas transformaciones provocan un cambio en la posición del adolescente delante del mundo externo y delante del propio mundo interno que le obligaran a buscar nuevas formas de convivencia y adaptación respecto a si mismo y a la interacción con el entorno. La pérdida de los vínculos con los “padres de la infancia” comporta que el adolescente se desprenda de la protección y la autoridad que les otorgaba para pasar a buscar refugio y consuelo en un espacio de fantasías, reglas propias que siente que solo puede compartir con sus iguales, los amigos.
ACEPTAR QUE CAMBIAN
En lo que se refiere a los padres, ellos también han de vivir diversos duelos importantes: uno de ellos es el de aceptar el cambio que supone que el hijo pequeño se haya transformado en el hijo joven que busca un camino diferenciado al de los progenitores. Frecuentemente esta se convierte en una posición difícil para los padres, que ven como han de estar muy atentos a sus hijos al no estar preparados para caminar del todo solos, a la vez que no se sienten tan valorados ni tan respectados como cuando los hijos eran pequeños.
Una vez llegados aquí, los sentimientos de ambivalencia los encontramos por ambos lados: los hijos frecuentemente se comportan de forma defensiva, impertinente, obstinados, distantes… parece que no quieran entenderse con los padres, pero lo que se da es la necesidad de reivindicar una identidad diferenciada, rompiendo con el ideal del hijo que los progenitores suelen desear. Podríamos decir que ni los unos ni los otros se sienten entendidos, lo que resulta doloroso y conflictivo.
Si no se tiene cuidado, los conflictos se pueden llegar a enfocar desde un autoritarismo delante del cual el adolescente se revelará fervientemente, y no se habrá provocado otra cosa que más tensión y un aumento mutuo de frustraciones. Es importante que los padres puedan tolerar las discrepancias de sus hijos y no vivirlas como un rechazo dirigido personalmente hacia ellos, sino como un conflicto propio del joven que está en proceso de cambio.
No hay dos adolescentes iguales y entendernos con ellos, igual que educarlos, es un arte que se ha de poder atender individualmente, haciendo uso popular de “estira y arronsa” tan claramente ligado a la tolerancia y la firmeza. A pesar de las singularidades de cada caso, se ha podido ver que padres que se han caracterizado por ser severos, discretos, firmes, consecuentes, que han sabido escuchar, con tolerancia, respeto y capacidad de dialogo… han tenido menos conflictos con sus hijos adolescentes que otros que han adoptado posturas más estrictas, irónicas, controladoras, invasivas o indiferentes.
Para concluir, podríamos decir que la conflictividad en esta época de la vida del joven y la familia es inevitable y necesaria ya que al enfrentarla y resolverla satisfactoriamente permite la maduración y la evolución hacia la vida adulta del hijo. Aún así, si viéramos que los conflictos entre los padres y los adolescentes son insostenibles, se tendrá que valorar la atención profesional e individualizada que permita entender el sufrimiento de cada familia dentro de un espacio donde poder pensar y dialogar de acuerdo con cada singularidad.
